Comentario Nº 80, 1 de enero de 2002

      EL SIGLO XXI - LOS PRÓXIMOS SEIS MESES

      Los próximos seis meses constituirán un período particularmente peligroso, para Estados Unidos y para el mundo entero. ¿Cómo va la "guerra contra el terrorismo" estadounidense al finalizar el primer año del siglo XXI? A cierto nivel, el gobierno estadounidense ha alcanzado alguno de los objetivos que se marcó tras el 11 de septiembre. Ha derrocado al régimen talibán en Afganistán, empleando casi exclusivamente su poder aéreo, y con un coste mínimo en vidas estadounidenses. En Kabul hay ahora una nueva coalición gubernamental, por el momento al servicio de Estados Unidos, que no ha encontrado objeciones serias de ningún otro gobierno, ni en Europa ni en el Lejano Oriente, ni por parte de Rusia ni China, ni de la mayoría de los gobiernos del Sur.

      Tampoco ha habido objeciones significativas a esa política por parte de la población estadounidense, antes bien al contrario. La política de Bush, y lo que es más importante, el éxito militar, han sido muy populares, de ahí que las perspectivas políticas inmediatas del Partido Republicano (en noviembre de 2002 habrá elecciones al Congreso) hayan mejorado algo. También es cierto que Bush no ha conseguido tener a bin Laden "vivo o muerto", y la probabilidad de tenerlo parece ir disminuyendo cada día. Y eso, sin duda, empañará la imagen de Bush.

      Los halcones estadounidenses, como decíamos en el Comentario Nº 79, contemplan la situación actual como una oportunidad que no se presenta dos veces en la vida, y están pujando fuerte para capitalizarla. Puede que se estén ganando en la Administración el apoyo de aquéllos cuya única preocupación es la de ganar las próximas elecciones. Un Bush guerrero puede parecerles a esos gestores políticos una mejor opción para ganar votos que un Bush enfrentado a la recesión económica; por eso, la posibilidad de un golpe militar en otra zona (Iraq y Somalia son los países más mencionados) se ha hecho real, destacando en la agenda de los políticos de Washington.

      Por otra parte, hay muchas cosas que no van tan bien para Estados Unidos. Parece a punto de estallar una cuarta guerra entre India y Pakistán; los indios dicen que si Estados Unidos tiene el derecho moral a emplear medios bélicos para combatir el terrorismo, ellos también tienen el mismo derecho moral. Washington se ve atrapado entre la lógica del alegato indio y el hecho de que si se da una guerra real las tropas paquistaníes se desplazarán desde la frontera con Afganistán a la frontera con la India, con lo que se evaporará cualquier esperanza de poner un dique al flujo de miembros de Al Qaeda desde Afganistán hacia Pakistán. Además, en esas condiciones, si bin Laden está realmente en Pakistán, el gobierno paquistaní no se va a arriesgar a desencadenar una guerra civil entregándolo cuando se inicia el combate indo-paquistaní.

      ¿Y qué es lo que puede poner fin a una guerra indo-paquistaní? En el pasado fue la Unión Soviética la que propició la paz. Pero si no se detiene pronto, ¿qué puede pasar en Pakistán? Recordemos que uno de los objetivos de bin Laden era derrocar al gobierno paquistaní. Por eso el gobierno estadounidense se retuerce las manos, sin saber qué carta jugar, si es que tiene alguna.

      Luego está la pequeña cuestión de Argentina. El país está de hecho en bancarrota, debido a la combinación de la codicia [de los explotadores locales] y la rigidez exhibida por el Tesoro estadounidense y el FMI. Quizá se pueda contener el impacto económico de ese colapso sobre el resto de Latinoamérica y de la economía-mundo. ¿Pero puede resultar contagioso el ejemplo de una revolución encabezada por la clase media? En cualquier caso, el fiasco argentino reforzará con seguridad los ánimos de quienes, en todo el mundo, pretenden desafiar los más locos decretos del FMI.

      No cabe olvidar el conflicto Israel-Palestina. La situación allí nunca ha sido tan sombría en cuanto a la esperanza de un acuerdo político a corto plazo que calme la furia desatada de unos y otros. El gobierno israelí no está interesado en tal acuerdo, y menos aún en la creación de un Estado palestino, y los halcones han aprovechado el momento para forzar a Estados Unidos y al partido laborista a abandonar casi totalmente la idea de una negociación política real con la Autoridad Palestina, esto es, con el pueblo palestino.

      Así pues, Estados Unidos y el mundo se enfrentan a tres situaciones muy explosivas simultáneamente, en ninguna de las cuales puede desempeñar ni el más mínimo papel el poderío militar estadounidense. Estados Unidos se ve reducido a la diplomacia, y francamente, la Administración Bush no es demasiado buena en ese terreno, ya que le falta el requisito principal, la capacidad de comprender de dónde viene el resto del mundo.

      En semejante situación, ¿qué puede hacer Estados Unidos? Hay dos posibilidades: o bien esperar y ver, con la esperanza de que algo mejore, o bien los que los franceses denominan una fuite en avant [huída hacia adelante], golpeando con fuerza en una dirección distinta a fin de distraer la atención y la energía de esa crisis múltiple. Los halcones tienen ya una propuesta: bombardear Bagdad (no me tomo muy en serio la idea de Somalia: ¿qué podría hacer allí Estados Unidos después de desembarcar?). Y si se bombardea Bagdad a fondo, ¿cabe esperar el tipo de victoria quirúrgica que se acaba de obtener en Afganistán? Es muy improbable. El ejército de Saddam Hussein es más serio que el de los talibán, y allí no hay nada comparable a la Alianza del Norte. Además, los vecinos más inmediatos no recibirán con entusiasmo ese empeño estadounidense. Turquía corre el riesgo del surgimiento de un Estado kurdo en el norte de Iraq, con todo el impacto que eso puede tener en la política interna turca. Arabia Saudí corre el riesgo de un levantamiento interno si permite la utilización de sus bases. Cierto es que Irán se uniría con mucho gusto a la iniciativa estadounidense, lo que pondría histéricos a los saudíes. ¡Que ruede la bola!

      En cuanto al resto del mundo, consideremos los resultados del último sondeo Pew a las elites del mundo [http://www.people-press.org/121901rpt.htm]. Se ha entrevistado a dirigentes de los negocios, gobiernos, medios de comunicación, etc., en Francia, Alemania, España, U.K.; Polonia, Rusia, Ucrania; Argentina, Brasil, México, Venezuela; Bangladesh, India, Japón, Corea, Filipinas; Egipto, Pakistán, Turquía, Uzbekistán; Nigeria y Sudáfrica. El resultado: mientras que el 50% de las elites estadounidenses están a favor de atacar a Iraq, sólo el 29% de los demás lo están, sin grandes desviaciones en todo el mundo. Mientras que el 70% de las elites estadounidenses piensan que Estados Unidos actúa concertada y multilateralmente, sólo el 33% del resto del mundo piensa lo mismo. Mientras que sólo el 18% de las elites estadounidenses creen que la política de su país ha provocado los ataques del 11 de septiembre, el 58% del resto del mundo piensa que es así (el porcentaje más bajo se alcanza en Europa occidental, donde sólo el 36% piensan así). Y finalmente, un muy significativo 70% (que sólo varía del 65% al 76% en las distintas regiones consideradas) piensa que es bueno que Estados Unidos "se sienta vulnerable".

      Así pues, los halcones estadounidenses no cuentan precisamente con un brillante respaldo de las elites del resto del mundo (por no hablar de la gente más corriente); y tampoco cuentan con un respaldo incondicional en los propios Estados Unidos: buena parte de los militares estadounidenses no creen que el derrocamiento de Saddam Hussein vaya a ser pan comido. Puede que la población estadounidense no se sienta en este momento tan presa del síndrome de Vietnam como antes del 11 de septiembre, pero no creo que los militares lo hayan superado; no desean tener que desarrollar una guerra larga y agotadora que saben que les irá haciendo perder el apoyo de la población, una guerra sin objetivos políticos claros y precisos, como suelen decir. Y las multinacionales estadounidenses, en general, desconfían mucho de las consecuencias políticas y económicas de las eventuales iniciativas halconeras.

      Sin embargo, para ellos es ahora o nunca. Los próximos seis meses serán el momento de la decisión, y hay muchos elementos impredecibles. ¿Habrá nuevos ataques terroristas de importancia? ¿Habrá nuevos colapsos económicos repentinos? ¿Se mantendrá unido el gobierno afgano? Por eso es un momento de gran peligro. Si pasa, podremos comenzar a preocuparnos por los próximos cinco años.

      Immanuel Wallerstein (1 de enero de 2002).


      © Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.

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